
El periodico digital de Melilla
Eder Barandiaran
Los que ya tienen cierta edad, los de mi generación y los más mayores recordarán, sin duda, aquellas películas de Tarzán protagonizadas por Johnny Weissmuller, en las que, a veces sí y otras no, se enfrentaba a las amazonas, una antigua nación legendaria de guerreras, poblado únicamente por mujeres, que vivían en los confines del mundo.
Aquellas increíbles mujeres que aparecían en pantalla, capaces de cortarte la respiración por su coraje, su determinación, su belleza y su fuerza, se enfrentaban al mundo y despertaban el miedo y el respeto ante los hombres y el mismo Tarzán.
Aquellas películas, que veía en mi tierna infancia, despertaron una curiosidad en mi persona que me llevó a investigar más sobre las amazonas, a saber que, según la mitología griega, vivían en Ponto, cerca de la costa del mar Euxino, donde constituían un reino independiente bajo el gobierno de una reina, Hipólita.
Estas amazonas no necesitaban para nada a los hombres, tan sólo una vez al año, para evitar la extinción de su raza, visitaban a los gargarios, una tribu vecina. Los niños varones que resultaban de estas visitas era sacrificados o enviados de vuelta con sus padres; las niñas se quedaban con ellas y eran criadas por sus madres, y adiestradas en las labores del campo, la caza y el arte de la guerra
Estas mujeres, antítesis de esos estereotipos convencionales y pueriles de mujeres débiles y pasivas, de damiselas ñoñas en apuros que esperaban a su príncipe azul, me conquistaron por completo, convirtiéndolas en mi fuero interno en un modelo a seguir y admirar.
Precisamente por ser como eran, fuertes e independientes, durante siglos la literatura, en manos de los hombres, por supuesto, dibujaron a las amazonas como un adversario extranjero que amenazaba la masculinidad de los héroes. Como tales, una meta clásica de los héroes fue derrotarlas y humillarlas, como forma de reafirmar “la superioridad masculina”.
Un intento, el literario, vano. Las mujeres, las de verdad, han demostrado a lo largo de la historia que su papel está muy por encima del que se les ha pretendido desde determinados sectores retrógrados. El monarca de la India Chandragupta Maurya, que vivió en el siglo II a.C, tenía una guardia personal formada exclusivamente por mujeres. En Europa, las tribus celtas y germánicas tenían a menudo mujeres luchando con sus maridos y Tácito cuenta que Boadicea tenía más mujeres que hombres en su ejército.
En el siglo XVI, el explorador español Francisco de Orellana afirmó que había luchado en el río Marañón en Sudamérica con mujeres guerreras que desde la orilla le disparaba dardos de cerbatanas y flechas y a partir de la Edad Media Bradamante, Clorinda o Juana de Arco, son buenos ejemplos de mujeres guerreras.
Las amazonas del siglo XXI, tienen una guerra distinta. Mujeres fuertes e independientes que no se dejan someter a principios arcaicos y patriarcales y que son las protagonistas absolutas de su proyecto vital. Mujeres guerreras, a su manera, que poseen armas mucho más poderosas que las de aquellas otras amazonas de Ponto, ya que no necesitan arcos, ni espadas, sino sólo su valentía y determinación para hacer frente a los retos que se les van presentando en el día a día y que están dispuestas a plantarle cara a cualquier obstáculo de tú a tú.
El batallón de amazonas del siglo XXI se nutre día a día con más incorporaciones. Pobres de los imbéciles que no se han dado cuenta o que quieran impedirlo, porque este es el siglo de las mujeres. Y yo me alegro por todas ellas.
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