|
Jueves Santo
Jueves Santo. Melilla estalla en tradiciones populares, la religión popular se vuelca en las calles de un más hermoso que nunca Triángulo de Oro. Cristo está a punto de fallecer y hay en las calles del centro una dulce mezcolanza de amor, dolor y esperanza que enaltece la belleza natural de la Rusadir fenicia, la acogedora del Cristo de la Veracruz, la española villa que asentó sus raíces españolas un 17 de septiembre en la rada de Galápagos, con viento de levante, y don Pedro de Estopiñán al frente de aventureras naos que, desde Sanlúcar hicieron más país, el mejor país.
Hay mucho que contar en el Jueves Santo de Melilla. Hay un interno del Centro Penitenciario Provincial que verá adelantado su tercer grado de cumplimiento de pena gracias a Jesús Cautivo de Medinaceli y sus hombres y mujeres de culto.
Jesús Cautivo y su Madre, María Santísima del Rocío descienden desde la Victoria y la Libertad para acompañar a esta persona que, desde el Jueves Santo, es más libre, gracias también a un trabajo de ingeniería jurídica que tiene autor y firma: el juez Juan Rafael Benítez Yébenes. ¡Qué magistrado!.
Y sale el Flagelado y María Santísima del Mayor Dolor. Lo hacen desde la Medalla Milagrosa, antes Ave María, todo bien cuidado por Juan Antonio Ramos. Dios, en la encarnación de su Hijo, ha sido maltratado, ha sido preso -como el liberado de la cárcel melillense- pero no ha tenido la misma suerte.
Está redimiendo males ajenos, los cortes de su piel exhalando sangre son símbolos de redención, Él sufre pero lo hace consciente de que está escribiendo una página indeleble en la historia de la humanidad. Cae una y mil veces, pero levanta almas que clamarán en el futuro por un molde social más equilibrado, más justo.
El Nazareno se nos va, pero antes sube a su Cruz, le izan. El Cristo de La Paz abandona su vicarial sede del Sagrado Corazón. Sus portadores, las ejemplares personas de la Cofradía de la Soledad, le llevan en andas, con respeto, con devoción y alentado con los olores de los claveles de una primavera renovada.
Jesús está a punto de clamar la liberación de un cáliz de amor que le ha conducido a la muerte más conmemorada de todos los tiempos. Qué cerca está Dios de su Hijo, qué respeto inspira el lento pero incansable paso del Cristo de la Paz por las calles de Melilla.
Sólo quedan horas, pocas, para que Cristo expire, los lazos de amor de la familia cristiana se fortalecen porque, en definitiva, los cristianos se pueden acreditar como tal gracias a que un hombre bueno se prestó a morir por todos. Hermosa lección al mundo, gesto inmarchitable de amor al ser humano, piedra angular de toda una cultura.
Salvador Ramírez |