Miércoles Santo
Miércoles Santo. Dios, en su Hijo, empieza a morir porque los acontecimientos trágicos se multiplican. Quedan 48 horas para que Cristo sea izado a la Cruz de los Dolores, a la antesala del fin de los hechos. Espera el Pregón de las Siete Palabras.
Se nos muere el Hijo de Dios, Virgencita de las Lágrimas. Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores bajan de Melilla la Vieja para saludar a los melillenses, dos talles hermosas, lágrimas de pasión de madre sola viendo cómo el Hijo camina con la Cruz de la humanidad a cuestas.
Ya todo está dicho. El pueblo quiere circo, siempre lo ha querido, quiere acontecimiento y qué mejor que pasear a un reo camino de su muerte, que levante expectación, sadismo y amargura. Perfecta mezcla de sensaciones que complace a los espíritus más ávidos de contrastes.
El Hijo de Dios no tiene opción alguna. El fin de sus días está escrito y certificado por el sello anular de un abochornado Poncio Pilatos que ha descargado responsabilidades en el clamor de un pueblo confuso que no acaba de entender cómo al libertador le dan mala muerte.
Jesús camina hacia el Gólgota, su Madre, regada en lágrimas, le sigue muy de cerca. Van junto a Ella, aunque la Cofradía del Pueblo no lo escenifique, Juan, el apóstol más querido, y María Magdalena, la compañera de siempre.
Quienes enaltecieron la llegada a Jerusalem de Jesús de Nazaret a lomos de la borrica son los mismos que hoy aplauden insensatos el sendero de Pasión y Muerte de un hombre semimuerto. Cristo sabe que es el último sendero, cuesta arriba, la senda de la destrucción del ser humano y del inicio de la era de la esperanza.
Salvador Ramírez
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